Cartas cruzadas, Ana Alejandre

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jueves, 8 de septiembre de 2016

El premio Planeta, los escritores y la literatura



El Premio Planeta 2015 ha sido concedido a la escritora Alicia Giménez Bartlett, por su novela  Hombres desnudos, el pasado 15 de octubre, fecha ya unida indefectiblemente a este premio literario al que se podría denominar el de las tres “c” por ser el más controvertido, criticado y comercial de las letras españolas.

Creado por José María Lara, fundador del Grupo Planeta, allá por 1952 para promocionar a los escritores españoles y dotado con 601.000 euros en la actualidad, lo que le hace ser el premio más importante en términos económicos dentro del panorama editorial español. Además de su supuesta índole literaria, se ha convertido en un acontecimiento social indudable, por lo que cumple a la perfección el fin para el que fue creado: ser una plataforma de difusión y publicidad de las obras y escritores premiados, ganador y finalista, que no tiene parangón en el ámbito nacional.


.En esta última convocatoria de la que ha salido ganadora una escritora no demasiado conocida por los lectores, en general, a pesar de contar en su haber con gran cantidad de premios como son  el Premio Femenino Lumen y Grinzane Cavour, en Italia, y Raymond Chandler en Suiza, así como el Premio Nadal,en 2011.  A pesar de que este codiciado premio por su  elevada  dotación económica, se está concediendo a escritores de cierto prestigio en los últimos años,  no deja por ello de recibir las críticas cada vez más aceradas sobre la idiosincrasia de este premio literario y los métodos y maneras de su concesión, que no obtiene ahora, como en décadas pasadas, el silencio cómplice de algunos o indiferente de otros, porque cada vez se oyen más voces disidentes contra este galardón que parece tener visos de ser un mero producto comercial y de mercadotecnia, y poco o nada de acontecimiento literario.

La característica más sobresaliente de este premio  que ya nadie intenta callar, es que es un premio que parecer ser más un nombramiento a dedo del ganador, que el resultado legítimo de una pugna entre obras presentadas y elegida por el jurado por su calidad u originalidad. Esta concesión del premio     "a dedo" al que aludo, al igual que sucede con ciertos cargos políticos que nada tienen que ver con la idoneidad del elegido para el puesto a desempeñar, sino por la oportunidad de su apellido, relaciones, patrimonio, etc., le supone al escritor premiado una gran publicidad al tener que cumplir, después y durante un cierto tiempo, con todos las exigencias y molestias que derivan de sucesivas presentaciones,  firmas, entrevistas y un largo etcétera que sirven de telón de fondo y de gran campaña publicitaria a favor de la obra ganadora, del autor y, por supuesto, de la editorial Planeta. Todo ese despliegue de publicidad sin parangón en el mundo literario, intenta acallar las críticas que esa designación del  escritor premiado (al igual que sucede con el finalista, por lo que al aludir al primero también aludo al segundo), porque, en muchas ocasiones, es anterior no sólo a la ceremonia de designación, sino a la propia convocatoria del premio de cada año y posterior a la fecha de cierre de admisión de originales., Así con esta gran campaña publicitaria, la editorial tapa  los rumores y quejas sobre el siempre turbio escenario de intereses que se esconde detrás de este premio apabullante en su dotación económica.

Por esa mala prensa que tiene el Premio Planeta, muchos prestigiosos escritores se niegan a presentar una obra al mismo, por el temor a perder su prestigio literario. Y cuando un escritor célebre cede a la tentación dineraria que supone el preciado galardón  -mientras más afamado sea como escritor y goce de un mayor reconocimiento es cuando más problemas tiene para justificar el haber aceptado dicho premio-, tiene que hacer uso de las excusas más peregrinas para justificar su caída en la tentación económica que le ha supuesto presentarse a dicho premio.

Este fue el caso de Eduardo Mendoza cuando explicaba que se había presentado al Premio Planeta en 2010, porque al ya fallecido José María Lara le decía que se presentara a convocatorias anteriores de dicho premio y Mendoza le respondía que si no lo hacía es porque “no tenía nada”, en alusión a que no tenía ninguna obra escrita y disponible, a lo que Lara le respondía “ lo que no tienes es un par de cojones para presentarte”. Y, según decía Mendoza en la entrevista que le hicieron para La Vanguardia al día siguiente de la concesión del premio Planeta de 2010, “llegué a pensar que era verdad” y sólo faltó que añadiera que, para demostrarle a título póstumo a Lara que estaba equivocado, se presentó con la obra ganadora Riña de gatos, además de añadir otras cuestiones peregrinas sobre el papel de la literatura en una sociedad mediática como la actual. Todo un ejercicio de malabarismo intelectual para justificar que la  razón económica primaba en su decisión de caer en la más absoluta comercialidad, por encima de otras razones inexistentes. .Además, y de forma generalizada, más o menos, vienen a decir todos los ganadores, con una trayectoria literaria consolidada, la conveniencia de acceder a un mayor mercado de lectores, además de la gran publicidad que este premio conlleva y la proyección que tiene tanto dentro como fuera de España el famoso Premio Planeta y un largo etcétera de justificaciones que, aunque son reales, suelen ocultar la verdadera e irresistible atracción fatal que ejerce sobre ellos y que no es otra que los 601.000 euros que permiten tener una buena temporada de tranquilidad para dedicarse a escribir obras serias o para pagar algún que otro capricho. O sea.

No hay que buscar otras explicaciones para justificar que cualquier escritor reconocido, de gran prestigio literario, excelente prosa y un gran número de lectores, se haya presentado a este controvertido premio, porque salta a la vista, al igual que en otros casos similares: la altísima dotación económica, sin más artificios ni martingalas. Aunque, claro, eso no se va admitir por ninguno de ellos de forma explícita.

La lista de premiados de los últimos años, por citar unos pocos, es esclarecedora, porque en ella aparecen nombres tan consagrados en la literatura como los de Maria Vargas Llosa (1993) por Lituma en los Andes, Camilo Jose de Cela (1994) por La cruz de San Andrés, Juan Manuel de Prada (1997) por La tempestad;Alfredo Bryce Echenique (2002) por El huerto de mi amada; Juan José Millas (2007) por El mundo, ;Álvaro Pombo (2006) por La fortuna de Matilde Turpín; Fernando Savater (2008) por La hermandad de la buena suerte y Lorenzo Silva, por La marca del meridiano (2012); junto a otros tan dispares y alejados de una firme trayectoria literaria, en el momento en el que le fue concedido el Premio Planeta, como son Carmen Posadas (1998) por Pequeñas infamias, o la entonces desconocida Espido Freire (1999) por Melocotones helados; y María de la Pau Janer (2005) por Pasiones romanas, libro que desató las iras del miembro del jurado y escritor Juan Marsé, irreductible en su independencia de criterio, por ser la obra designada como ganadora, lo que provocó su dimisión como miembro del jurado, afirmando que se había premiado “a la novela menos mala”.

Aunque hay muchas voces disidentes, es curioso que quienes más critican a este premio son quienes se han presentado al mismo y no lo han conseguido, porque aquellos que siempre se manifestaron en contra del susodicho galardón, cambian de opinión radicalmente cuando salen premiados, a pesar de todas las dudas y sospechas que suscita el entramado de este premio. Naturalmente, los que disfrutaron de tan suculenta bolsa, cuando pasan los años y ya no tienen obligación de manifestarse a su favor por el contrato editorial consiguiente, vuelven a arreciar las críticas, más o menos encubiertas, contra el mismo porque el dinero ganado y ya gastado, y la fama volátil y siempre perecedera que ofrece el Planeta, como cualquier otro premio de la misma índole comercial, no se sostiene por sí sola si no va acompañada del rigor, la profesionalidad y el talento narrativo para aprovechar el impulso que, sin duda, da este millonario premio para seguir con una brillante carrera literaria. Sobre todo, cuando la obra premiada y su autor no tienen más méritos que los intereses económicos que están en liza y que lo han elegido como ganador de un premio que sólo puede servir de trampolín con el fuerte impulso inicial, pero no sujetar en la cima de la fama a quienes no demuestren después con sus obras posteriores su condición de escritor genuino y con talento.

No hay que olvidar que el Grupo Planeta está formada por más de cincuenta sellos editoriales de dentro y fuera del país, por lo que es un emporio que permite a muchas editoriales absorbidas por dicho grupo empresarial poder seguir adelante en plena crisis económica, inyectándole la potencia empresarial, económica y publicitaria que las pequeñas o medianas editoriales no pueden asumir y seguir así con sus proyectos, dentro de la gran variedad de publicaciones, géneros, autores y potenciales lectores a los que van dirigidos la intensa, constante y variada producción editorial de este gigante como es el Grupo Planeta, al que sirve de mascarón de proa la propia editorial Planeta que le da nombre.


El Premio Planeta no premia la calidad literaria de una obra, cuestión ésta sabida y aceptadas por todos a regañadientes, pero no hay que olvidar que la obra premiada es sólo una excusa para hacer que el libro, como medio de transmisión cultural, sea noticia de forma constante, año tras año, y atraiga a cientos de miles o millones de lectores en todo el mundo hispanohablante que se ven tentados de comprar la obra ganadora, por eso de la publicidad, y no por su hábito lector, fomentando así la lectura, la presencia del libro en los medios de comunicación como un objeto de deseo, ya que lo que no se anuncia no existe en esta sociedad banal y de consumo.

En esta época de crisis económica que arruina empresas, proyectos y vidas, hay que reconocerle un mérito innegable a la editorial Planeta que realiza esta impresionante campaña de mercadotecnia, porque quien publicita un libro y lo convierte en un bien apetecible para el lector, no sólo está beneficiando económicamente a las ventas de la obra en sí, al autor y a la editorial, sino que está permitiendo que en esta sociedad tecnificada en la que se editan muchos libros que nadie llega a saber que existen, se lee tan poco y se prefiere otros medios audiovisuales como transmisores de información y diversión, el libro no desaparezca del imaginario del ciudadano como bien de consumo y, por ello, de lectura.
El Premio Planeta tiene un papel importante que cumplir y no hay que exigirle más de lo que ofrece, aunque no sea buena literatura. Quizás el premio Planeta sea merecedor del premio al fomento de la lectura. Quien compra hoy un libro ganador de este premio, mañana comprará otro de otras editoriales, de otros autores, mejores, iguales o peores en calidad literaria., pero libros al fin y al cabo. Sería demasiado pedirle que ofreciera todo en uno: calidad literaria, gran dotación económica, gigantesca campaña publicitaria para los autores y tiradas de cientos de miles o millones de ejemplares.

El papel que desempeña el Premio Planeta de creador de best-seller es suficiente en una sociedad en la que el libro está dejando paso a otros medios que le van ganando terreno y esto es encomiable. Aunque, según afirmaba Francisco Umbral: «con la muerte del estilo viene la muerte de la literatura que es lo que representan los grandes best-sellers». Lo malo es que este autor de gran calidad literaria, tenía un buen estilo, sin duda alguna, pero desgraciadamente, no tenía muchos lectores. Le sucede lo contrario a Arturo Pérez-Reverte, al que aquel le negaba también el estilo, pero sí tiene infinitos lectores.

El lector debe elegir qué libro leer, en uso de su libertad de criterio, y el Premio Planeta lo único que puede ofrecer al lector es la presencia sonada, publicitada en grado sumo, tiradas millonarias y obras de escritores conocidos, en la mayoría de los casos; pero, en cuanto a la calidad de la obra premiada, es responsabilidad exclusiva de cada escritor que acepta llevarse el premio cuantioso y ofrece a cambio, en la mayoría de los casos, un bodrio literario.


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