
Pero este fenómeno no se da sólo en
España, sino que tanto Estados Unidos como en el Reino Unido (en EE.UU el
libro digital empezó el 2014 con el 23% y acabó con el 21%, y el número
de libros impresos sube un 2,4%). Dichos datos demuestran que el libro en papel
empieza a tener un ligero pero continuado ascenso en sus ventas y, por el
contrario, el libro electrónico empieza a sufrir un descenso lento pero
constante.
En España el libro electrónico tiene
una escasa aceptación, pues según la encuestada realizada por el CIS, en el
pasado mes de diciembre, entre 2.477 personas mayores de 18 años, un 79,7% de
los lectores afirman que prefieren leer libros en papel que en lectores
electrónicos. Dicho porcentaje aumenta hasta el 80,1% en las edades comprendidas
entre los 18 y 24 años, mientras que el porcentaje de lectores españoles que
tienen escasa o nula intención de leer libros electrónicos en el futuro alcanza
el 48,6%, lo que habla de la poca atracción que los libros electrónicos ejerce
sobre los lectores españoles y que confirma la bajada tanto en publicación en
tinta electrónica que se está produciendo en nuestro país, como la bajada en
ventas de libros electrónicos que supone que, el 79,7% sigue leyendo principalmente en papel y sólo el
11,1% lo hace en formato digital. El 8,7% de lectores lo hace en los dos por igual. El
libro electrónico en España sólo supone un modestísimo 3,7% de las ventas en
total.
Esta
evidente resistencia que tiene el libro en papel frente al libro electrónico
parece deberse, según numerosos estudios, a que las lecturas realizadas en
libros en papel se retienen mejor en la memoria que lo leído en las pantallas
de tinta virtual. Un informe de la University of Texas Southwestern Medical
Center, afirma que leer antes de dormir en una pantalla activa (que emite luz
como las de las tabletas y smartphones) altera el ritmo biológico y puede
provocar un cierto retraso en conciliar el sueño. al dar sensación de estar más
activos y menos cansados y, por lo tanto, se produce una merma en el descanso
que resulta así menos reparador.
Las
editoriales señalan, sin embargo, que el porcentaje irá compensándose en el
futuro en un 60% de publicaciones en papel y un 40% en formato electrónico, y
los más optimistas consideran que a medio plazo se alcanzara un 50% por 50% en
ambos formatos y que será el lector quien elija en qué formato leer según el
género, el momento, y la obra determinada.
Sin
embargo, el papel del libro en papel seguirá siendo el predominante y tardará
mucho tiempo aún en que se vayan aproximando el porcentaje de ambos formatos,
porque el lector apasionado y constante, y que no sigue modas ni novedades en
el momento de leer que no sean la que ofrece la propia obra en sí misma y no el
artilugio o continente de ella, seguirá prefiriendo el libro en papel que es
el que ofrece no sólo el contenido
literario en sí mismo, sino una singular y exclusiva experiencia en la que el tacto del papel, el
olor de las páginas impresas, la singularidad que ofrece dicho formato a cada
obra y su particular diseño; la posibilidad de que después de leerlo se
convierta en un fiel acompañante siempre a mano a la espera de nuevas
relecturas, sin necesidad de pilas, enchufes, ni nada más que no sea la
curiosidad lectora y el deseo de adentrarse en la aventura siempre fascinante
que espera en las páginas de cualquier libro preferido por el lector, al que
nunca defraudará con su compañía silenciosa pero sonora que espera pacientemente a ser abierto para comenzar el
diálogo incesante entre libro y lector.
Ese es el papel del libro y su magia, la que no
podrá nunca arrebatarle el libro electrónico por muchas prestaciones que
ofrezca (música, navegación por internet, correo, videos, etc.,) porque el
libro impreso en papel es suficiente por sí mismo, sin tener que ofrecer otras
posibilidades añadidas a la lectura de la mera obra literaria de cualquier género que ofrece
por sí misma el placer de leer. Ese placer que el libro electrónico, con sus múltiples
prestaciones audiovisuales, parece querer relegar al último lugar o convertirlo
en un accesorio más sin más valor que cualquiera otro, relegando a sí a la obra
literaria a un papel secundario que el libro impreso en papel realza,
singulariza y expone en todo su valor sin merma alguna..